La Jenny cambió de color. A su princesa no la agraviaba nadie.
-¡Cabrón! ¡Pero tú que te has pensado! ¡Bujarra!- le chilló.
Hecha un manojo de nervios, de pie sobre el sofá y dando voces como un orangután poseído por el espíritu de una verdulera, lanzó el mando a distancia contra la pantalla de la tele, provocando que éste se deshiciera en cuatro trozos, cada uno de ellos despedido en una dirección diferente.
¡Mierda, macho-dijo en voz alta-me he fundido el puto mando! Recogió uno por uno los trozos, comprobando que de ninguna manera volverían a recomponer el mando a distancia que era hacía unos segundos. Abrió entonces la cigarrera de madera y piel que descansaba encima de la mesa, tiró los trozos dentro como el que tira una bola de papel de plata en una papelera y cerró la caja. Un par de insultos más, varias rondas de aplausos y los títulos de crédito. Eran las seis, y el programa había finalizado.

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