Ilustración: L'Invocation, de Apollonia Saintclair (apolloniasaintclair.tumblr.com/)
Texto: Robert Fornes
Todos los derechos reservados.
Texto: Robert Fornes
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| L'Invocation, de Apollonia Saintclair. |
Me mantienes en el limbo. Me sacio de tu cuerpo cada puesta de sol sin tener la posibilidad de tocarlo. Tú ya sabes que me excita. Lo sabes bien. Juegas conmigo llevándome al límite tras la puerta de la habitación que hace dos meses ocupaste. La contigua a la mía. Te observo quitarte la ropa por el ojo recortado de la cerradura. Recostarte perezosa en la cama, haciendo tiempo, mostrándomelo todo. Sabes que me agazapo ante tu puerta y me deleito comprobando como tus bragas negras se deslizan por entre los muslos, más abajo de las rodillas, hasta caer al suelo. Tomas tu pelo rojizo y rizado y lo arremolinas en un moño. Me das tu espalda, me muestras tu culo, lo envuelves en la toalla roja con la que me consuelo cuando tú te vas.
Ahora, como cada noche, te dirigirás a la ducha. Suerte la tuya, mala la mía, haber alquilado la habitación con baño. La temperatura entre el resto de inquilinos de este piso de estudiantes habría sido insoportable de haberte visto pasearte así camino del aseo del final del pasillo. Como cuando te has traído a algún rollo a casa pensando que los demás no estábamos, que no mirábamos. Seguro que cualquiera de nosotros querría ser ese amante fugaz. Franquear la puerta agarrado a tu trasero, llevarte a la cama, quitarte esa maldita toalla roja y disponer de todas y cada una de las terminaciones nerviosas de tu cuerpo, tenerlas a todas a merced. Recorrer con la lengua toda tu armonía. Disponer de cada pedazo de tu piel para lamerlo, separar tus brazos y alzarlos, viendo como tus dos tetas se yerguen hacia el techo. Incorporarte, usar cualquier cinturón para fijar tus muñecas, tomar un cubilete con vodka y verterlo por entre el centro de tu abdomen, viendo como se desliza hacia tu coño. Comprobar cómo el manto rojizo de tu pubis se empapa de alcohol. Aplicar la boca en él, sorberlo al tiempo que la lengua dura y sedienta juega con tu clítoris. Acelerar su hinchazón, abrirse paso entre los labios de tu vulva, buscar el lugar que te regala tanto placer. Marcar trayectorias erráticas por entre los pliegues de tu coño y horadarlo con ella. Disfrutar el calor seco y flamígero del alcohol en la boca. Buscar el ritmo que acompase el vaivén furioso de tus caderas con mis acometidas. Notar la descarga viscosa de tu vagina en la boca, caliente. Saborearla, compartirla contigo, retener el potente sabor de tu sexo entre mis dientes para no olvidarlo jamás. Mantener en mi memoria la mirada sucia, la sonrisa complacida con la que me ofreces tu corrida, la suficiencia de tu semblante al comprobar como acabo de tragármela toda y me deslizo, sin mediar una sola palabra, de nuevo hacia mi habitación.
A veces, mientras follo a
mi novia en la salada penumbra de mi habitación, he fantaseado con la
posibilidad de que estuvieras mirando por el mismo agujero por el que yo te
observo a ti. He imaginado que te das placer viéndonos. He planeado en mi mente
que irrumpes envuelta en esa toalla roja, sacas con cuidado mi polla caliente
del pozo de mi hembra, te arrodillas frente a él y te lo comes, de principio a
fin. Y pienso entonces que los únicos que aún no nos hemos descubierto somos tu
toalla roja, tú y yo, porque ella, la
mujer con la que comparto esta cama, tiene las mismas ganas que yo, o más, de
abrir tus piernas para sí.


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