Píldoras de espíritu crítico (relato completo)


Píldoras


I. La princesa del barrio.

Whatsapp 1 | 17:43

Loka, si s marxa sta noxe cn l Paco ps t kgas n su puta calabera. Vya  morro, maxo, y dsps ncima t hirá dndo pr l culo cn gnas d hchar n polbo.



Whatsapp 2 | 17:44

-Eso nena, k l den, a tope d power.



Whatsapp 3 | 17:47

-Si, loka, iré pr la priva y ls dmás cosicas. M pro a ver l pepino. Xau, xoxo.



La Jenny lanzó el móvil con desidia encima del sofá, a su izquierda. Le dio volumen a la Loewe de 42’’ LCD super definition con el marco en efecto perla satinado de 3.000 pavos y puso los pies con impudicia encima de la mesita auxiliar del comedor. Éste era un mueble magnífico, compuesto por una estructura de madera maciza de nogal de estilo rústico y forma rectangular de la que sobresalían cuatro soportes muy trabajados de hierro cromado que soportaban un cristal biselado rectangular de unos cinco centímetros de grosor. Una señora mesa que, por mucho que a su madre le cabrease hasta enrojecer, servía con frecuencia de reposapiés a la Jenny, que esperaba tirada con desgana en el sofá, lima de manicura en mano, el final de la publicidad y el retorno de los gritos e insultos de su show favorito, el Toma pepino. Ella era una loka agraciada. Era la única de toda la peña del parque cuya casa se ubicaba en un barrio del centro de Madrid. Sus padres tenían ambos un buen trabajo y por ello en casa nunca había faltado pasta. No obstante, ella había renunciado voluntariamente a esa vida acomodada para unirse a la causa de las lokas del parque y actuar como portavoz de éstas, como cabeza visible. Era, más que ninguna otra, la muestra palpable de que la mierda no siempre se recoge en los vertederos.

La Jenny no quería estudiar, ni trabajar, ni hacer nada que fuera remotamente útil. Esta actitud sacaba de quicio a sus padres, quienes cansados de tanta falta de responsabilidad y la madurez personal la habían obligado tras varias broncas a aceptar un trabajo de vendedora a media jornada en una tienda de ropa. Su liderazgo en el grupo provenía, además de por su carácter y su sacrificio por la causa, por ostentar el complicado record de ser la primera y única del grupo en conseguir la baja laboral por depresión tan sólo dos meses después de haber iniciado su contrato de trabajo. El resto de chochos no habían llegado ni por asomo a ese registro; algunas se habían auto-sentenciado a los pocos días al faltar sin motivo explicable, otras habían sido despedidas por insultar a los clientes e incluso en el caso de las más avezadas, por encararse y coger del cuello a algún mozo de reparto, algún compañero o incluso al jefe.



En resumen, si preguntabas a las chonis del parque, la Jenny era una tía de puta madre, la envidia de todas las demás. Tenía un trasero que era armonía pura. Sus nalgas bailaban acompasadas junto al chicle siempre presente en su boca y ambos coreografiaban a su vez una suerte de danza diabólica y gitana que ponía cardíacos a los canis del parque. La Jenny era una bomba erótica, ella lo sabía y los canis también, por eso todos ellos se la querían follar.



Ella era la personificación en el barrio de Paula Paniagua, la reina de la telebasura. 




De vuelta al salón, la Jenny celebró el retorno acelerando la velocidad de limado de sus uñas y tirándose dos señores pedos que retumbaron presos en sus pegados vaqueros del Bershka.



¡Vamos, neni; dale su merecido a ese periodista mariconazo!-exclamó sin el menor sonrojo.

En el plató de televisión, el periodista gay le recordaba a la Paniagua que el último set de fotos suyo que circulaba en las revistas era un posado escandaloso y no tenía el menor valor como exclusiva.



-Una mierda-respondía una y otra vez la Paniagua- os juro por mi Andresito que estaba de vacaciones en Cancún y no tenía ni puta idea de que esos paparazzis me estaban fotografiando. ¡De haberlo sabido me habría puesto el bikini rojo de topos, ese que me queda tan bien, el que me realza las tetas!- exhortó al grupo de abuelas cotillas que formaban el público del plató, las cuales asintieron cacareando a voces como un grupo de gallinas cluecas.



¡Eso-confirmó la Jenny-dile a ese pavo que no tiene ni puta idea de lo que dice, macho! ¡Maricón! ¡Estás bobo, loko!-exclamaba una y otra vez de cara a la pantalla de la televisión, haciendo aspavientos con las manos como si fuera una mona del zoo. El periodista se levantó de su silla, enfiló los tres metros aproximados que le separaban de la celebrity, y acercándose a su neumática tez, al tiempo que le tocaba el hombro con la mano derecha, le espetó: ¡Mentira, Paniagua, lo tuyo es pura mentira!



La Jenny cambió de color. A su princesa no la agraviaba nadie.

-¡Cabrón! ¡Pero tú que te has pensado! ¡Bujarra!- le chilló.

Hecha un manojo de nervios, de pie sobre el sofá y dando voces como un orangután poseído por el espíritu de una verdulera, lanzó el mando a distancia contra la pantalla de la tele, provocando que éste se deshiciera en cuatro trozos, cada uno de ellos despedido en una dirección diferente.

¡Mierda, macho-dijo en voz alta-me he fundido el puto mando!. Recogió uno por uno los trozos, comprobando que de ninguna manera volverían a recomponer el mando  a distancia que era hacía unos segundos. Abrió entonces la cigarrera de madera y piel que descansaba encima de la mesa, tiró los trozos dentro como el que tira una bola de papel de plata en una papelera y cerró la caja. Un par de insultos más, varias rondas de aplausos y los títulos de crédito. Eran las seis, y el programa había finalizado.



Jenny saltó del sofá, y caminó a paso rápido por el pasillo hasta el cuarto de baño a arreglarse para ir al parque. El alisador de pelo, al escuchar sus pasos, arrancó a temblar.





-Por Dios, como cuesta abrir esta cerradura. Cualquier día de estos me dejo las uñas intentando entrar en casa.-Trinidad había salido de la consulta un poco antes de la hora habitual. Tenía varias cosas que ordenar en casa y no había mucho trabajo esa tarde, así que dejó a su marido atendiendo a una visita y se marchó.



-¡Jennifer! ¡Jennifer! ¿Estás en casa?- exclamó Trinidad.



No oyó respuesta alguna tras la puerta, pero el sonido de la ducha y los berridos que destrozaban una canción de Shakira delataban a la díscola hija. Tal y como Trinidad temía, la Jenny se estaba arreglando para salir. Eso no eran buenas noticias.



-¡Jennifer! ¡Abre la puerta!

-¿Eh?

-¡Que abras la puerta! ¿Has ido esta mañana  a la tienda a entregar los partes de baja?

-¿Qué dices, macho, joder?

-¡Que si has entregado los partes de baja en la tienda!

-¡Joder, mamá, hija! ¡Qué pesada eres, macho!

-Jennifer, quedamos en que los llevarías hoy, me lo prometiste.

-¡Pues va a ser que no, loka! Me ha llamado la Sara y me voy a dar una vuelta. Ya iré mañana.



Trinidad se apartó de la puerta del baño, resignada. Ese era el tipo de irresponsabilidades que la enfadaban tanto con su hija. Con ella iba a ser el cuento de nunca acabar. No pensaba que la situación fuera a mejorar en absoluto, nada que ver con su Enrique, el hijo mayor, quien siempre había sido un chico responsable y ni por asomo les había hecho pasar las perrerías con las que la Jenny los tenía agobiados y cansados desde hacía años.  Dio un bufido de desaprobación, giró sobre sus pasos en dirección opuesta al baño y desapareció por la puerta de la cocina con la cabeza gacha.



Cuarenta minutos más tarde, la Jenny estaba arreglada y pintarrajeada. Lista para comerse el mundo. Se fumigó veinte mililitros de colonia cara, salió de casa y tomó el ascensor para bajar al garaje, donde le esperaba su scooter. Maldijo por enésima vez la estampa. En la vacua rectangularidad de esa plaza de garaje debía haber un descapotable rojo, no una mierda de ciclomotor. Pero no, al idiota de su padre se le había puesto entre ceja y ceja no comprarle un coche. Y menos rojo. Y mucho menos deportivo. Así que sin dejar de escupir sandeces se aplastó el pasador con forma de flor que adornaba su occipital, se calzó el casco, se subió en la scooter y salió disparada hacia la rampa de salida con el brazo extendido y el mando apuntando a la puerta como si fuera un caballero de las cruzadas y el portón de aluminio fuera el enemigo al que derribar. Salió del edificio enfilando la apotema que la ubicaría en el punto central del perímetro formado por su casa, los bancos del parque, la caja del súper y el polígono.




II. China es de puta madre.

China es enorme y preciosa. Es un país de puta madre. Eso debe ser. Y aunque la Jenny no tiene ni idea de dónde está, tampoco le importa. Eso sí; piensa que debe ser rico como pocos. Si no, cómo es posible que tantos chinos monten prósperos negocios de alimentación, bazar y todo a 1 Euro en los que ella, al igual que todos los demás mascachapas roban sin descanso, y que a pesar de todo ello, les vaya tan bien como para seguir montando más negocios de esos semana tras semana. Joder, la gente de aquí no puede hacer eso, no ganan dinero suficiente; el marido de la hermana de la Tere había puesto un videoclub un año antes y lo había tenido que cerrar tres meses después de abrir. Definitivamente, los chinos eran todos ricos y les sobraba el dinero, así que no pasaba nada porque ella cogiera de cuando en cuando algunas cosillas de poca importancia, no se sentiría mal porque ella estaba de baja, porque no ganaba un puñetero Euro, y menos en comparación con el montón de pasta que seguro amasaba el puto chino por las noches en su casa de chino, al lado de su mujer china con su cena china. Por eso, y precisamente por eso, Alimentación Won era el lugar perfecto para comprar la priva y la mezcla del botellón, robar varios paquetes de chicles, algunas botellas de Red Bull y paquetes de condones caducados. Eso sin hablar de las pastillitas de la risa que Wan, gerente y administrador único de Alimentación Won, vendía en la trastienda.



Wan tenía un surtido interminable. De todos los colorcitos. De las que daban subidón sin más, de las que te metían unas alucinaciones de la hostia, e incluso de las que mantenían a los tíos empalmados por varios días. Y de cuando en cuando, te vendía alguna pildorita rara recién traída de nosedónde.  En definitiva, la tienda era un lugar lleno de posibilidades.



Desde su casa hasta el bazar había escasos quince minutos en moto. Doce semáforos. Cinco de ellos eran invisibles o eso parecía, al menos, dado que la Jenny se los saltaba en rojo continuamente. La tienda estaba en una calle no demasiado ancha, con acera sólo en su vertiente derecha, jalonada por hendiduras cuadrangulares de metro por metro en las que los naranjos bordes crecían alimentándose del agua de los servicios públicos y el humo de los vehículos de la ciudad. Los paseantes de perros obligaban a sus canes a cagar en estos maceteros urbanos, haciendo en el proceso juegos malabares para que el resto de viandantes no lo advirtieran y por ello juzgaran. Sí era visible el resultado, un muestrario de cagarros caninos digno de exposición. La fachada y la rotulación de la tienda mostraban el poderío del desembarco chino en Madrid. Antes de que el señor Wan la comprara, ésta había sido un ultramarino tradicional, con el toldo de color verde, el escaparate de metal verde oscuro y cristal, y decenas de cajas de fruta perfectamente colocadas para mostrar el género de manera atractiva al cliente. El cuadro ahora era algo diferente. El toldo ya no existía, y en su lugar se había colocado un enorme cartelón de neón plagado de caracteres chinos. Aún había cajas de fruta y verdura en el exterior del comercio, aunque ahora el género era de una calidad peor y estaba rematadamente peor presentado. Ese era el curioso signo de los tiempos; para mejorar el nivel de vida de los habitantes de un barrio, se habían llevado los productos frescos y de compra diaria a grandes superficies en las afueras de la ciudad, los habían puesto a la venta más caros y con el tiempo, esos antiguos comercios de barrio habían sido ocupados de nuevo, esta vez por inmigrantes, ofreciendo productos peores y con precios que con el tiempo se habían aupado a la altura de los grandes hipermercados. Un proceso curioso e inútil. Humano, a fin de cuentas.



Esta reflexión no se le había pasado por la cabeza a la Jenny ni antes ni después de haber aparcado el scooter en la puerta de la tienda. Wan estaba sentado detrás del mostrador, con la mirada fija en un pequeño televisor colgado del techo. De su pantalla salían despedidas las imágenes de una película musical china. Sus ojillos felices acompañaban las coreografías del musical y contrastaban con la mueca de perro gruñón marca de la casa. Jenny entró enarcando las cejas a modo de saludo. Tomó un cestillo de plástico de esos que se encajan unos dentro de otros en las cajas de los súper y cuya única finalidad es volcarse cuando están medio llenos y se dirigió por el centro del pasillo hasta las vitrinas donde reposaban a la fresca las litronas de cerveza.



Abrió el armario de frío y tomó cuatro botellas. Lo cerró, giró sobre sus tobillos y alargó la mano para coger una botella de Martini, arriba, y dos de Fanta de limón, abajo. Comprobó que el dueño seguía canturreando, pasmado, cara a la tele y se metió tres latas de Power drink en el bolso. Aprovechó que la veda estaba abierta y arrambló con dos botellas más de alcohol, un par de paquetes de patatas y tres de chicles. Inflada como un pez globo, volvió por el único pasillo de la tienda en dirección al mostrador.



-¿Qué te debo, éste, macho?



-Tú dejar cosas en mostrador, ¿vale? Contar un, dos, tres. Ahora tú sumar tres latas, botela Beefeater, botela Brugal, paquetes patatas y chicles que tú meter en abrigo, ¿vale? Total, treinta y dos Eulo con veinte.



-¡Joder, macho! ¿De qué vas? –Escupió la Jenny- ¡Yo no he cogido nada, hombre, macho ya!



-Tu no discutir con yo- respondió Wan-Yo visto tu coger por cámara vídeo, y yastá, ¿vale? Tú pagar, o dejar en sitio otra ves.



La Jenny no sabía donde meterse. Se ajustó las gafas de sol en la cabeza y dio varios bufidos mientras daba pasos cortitos de un extremo a otro del mostrador de Wan. Éste seguía el paseo con los ojillos entornados.



-Tú tener claro, mujer. O pagar o dar compra Wan- le dijo, al ver que no se animaba a pagar.

La paciencia de la Jenny se iba agotando, se veía en un callejón sin salida. Nunca la habían pillado con las manos en la masa, y por ello estaba cardiaca. El floripondio rojo que portaba adosado al pelo se le había descolgado como consecuencia de los vaivenes que daba con la cabeza entera para negar su mala suerte. Le había arrancado a sudar el bigotillo y notaba humedad también por la espalda y en la cara interna de los muslos, por debajo de la falda. Estaba claramente en una situación fuera de control. Hasta que se le ocurrió una idea.



-Oye- le dijo con un graznido-¿por qué no vamos a la trastienda y me enseñas las pastillitas que tienes? Venga, chinito, que si hacemos un buen trato, te enseño las tetas.



El chino abrió los ojos como platos. Por deleitarse con la visión de las tetas de esa loba habría sido capaz de mirar hacia otro lado aunque se hubiese intentado llevar a sus hijos en el bolsillo del abrigo.



-Pasar dentro tú y yo- contestó Wan. -Tener pastillas nuevas, ¿vale?- añadió, al tiempo que abría la cortinilla de tiras de plástico que separaba la tienda del habitáculo interior y hacía un gesto para que la Jenny pasara por delante de él.



Jenny sabía que había superado la crisis momentáneamente. Eso le hacía sentirse algo más relajada. Con su ocurrencia había conseguido mantener el control, así que resopló aliviada y arrancó hacia dentro meneando el culo como si le hubieran puesto a los pies la pasarela Cibeles entera.




El interior de la habitación era bastante sórdido. Una lámpara de sobremesa con forma de tinaja y un plafón color carmesí ofrecía la única luz disponible en la estancia. En el centro, un viejo sofá negro de skay gobernaba al resto de objetos. Dos sillas de playa con el respaldo a colores, una estantería baja con algunos libros y revistillas y una alfombra de tiras gordas completaban el atrezzo. Wan se dirigió a la estantería, separó algunas revistas y sacó una caja metálica con un dragoncito chino pintado en la tapa.



-Aquí tener material, ¿vale? Hacer negocios, ¿vale?- dijo Wan en voz baja.



Abrió la caja, y en el interior había varias bolsitas de plástico. Dentro se encontraba un arsenal de drogas sintéticas. Cristales de Speed, polvo de ketamina y un surtido variado de pastillas de distintos colores y formas. Rojas, planas, amarillas, azules o con forma elíptica; muchas de ellas grabadas en una de sus caras. Las había blancas con un tiburón grabado, verdes con el logotipo de Mistol, azules con la gaviota del PP e incluso unas de color amarillo pollo con la cara de Chuck Norris. Siguiendo las instrucciones de la Jenny, Wan fue sacando pastillas de varias bolsitas e hizo un montoncito final encima de la mesa.



-¿Tú tener todo?

-Sí, macho. Pero joder, me las pondrás en una bolsita, ¿no? No querrás que me las lleve en la mano.

-Sí, poner bolsa, ¿vale? Pero tú ahora pagar y después enseñar tetas. Tú decir, ese ser trato, ¿vale? Pagar y enseñar tetas, ahora.



La Jenny sacó un fardillo de billetes retorcidos de 20 Euros y lo tiró encima de la mesa. – ¿Con eso te pago también la priva, vale?

Wan no contestó nada, pues sus ojos ya estaban fijos en el escote de ella.



La Jenny se bajó un poco los tirantes y se metió las dos manos por dentro de las copas del top. Con un movimiento suave, las sacó del interior y ahora lucían blancas, redondas y bonitas, con los pezones apuntando directamente hacia la cara del chino.

-Wan gustar, gustar mucho. El chino no quitaba la vista de los melones de la chica ni un solo instante. Yo poder tocar, ¿un poco?



-¡Pero vaya jeta tienes, puto chino! ¿Tú qué te has pensado, macho joder?



-Yo querer tocar, ¿vale?-respondió babeando. Si tu mi dejar, yo hacer regalo especial. Regalo de amigo chino.



-¿Un regalo? No pretenderás que te deje sobarme las tetas para que me des un gato apestoso de esos de plástico que levantan una pata, no?

-No, yo regalar tú algo mejor. En China, mostrar gratitud con regalo importante. Eso ser tradición; sí, ser tradición-repitió Wan sin bajar la mirada.



La Jenny tardó tres segundos en considerar la oferta, se acercó un poco al chino y le dijo: Tócamelas cinco segundos, ni uno más. Como te pases te doy una hostia que te envío para China volando. Y después me das el regalo y me largo de aquí, no sea que me saltes encima, que no tengo yo el coño pa’ fiestas.



El chino alargó los brazos y palpó las tetas con deleite. Las sobó con torpeza tanto como pudo, pellizcando incluso uno de los pezones para comprobar si se endurecía. Pasados los cinco segundos, la Jenny se quitó las manos del chino de encima con un manotazo y acto seguido metió sus tetas dentro del top. Se acercó a él y le dijo: Ahora me das el puto regalo. Ya.



El chino se levantó de la silla, fue hacia la estantería y sacó de detrás de una enciclopedia de olimpismo una cajita cromada del tamaño de una cajetilla de cigarros. La abrió. En su interior había una bolsa de plástico con unas pastillas de color gris plomo con un cerebro grabado en una de las caras. Sacó tres y, extendiendo el brazo, se las ofreció a ella.



-Estas son nuevas. Proveedor decir que ser cojonudas. Tú con ellas partir culo de verdad. Y con ellas sentirte volar, mejor que los demás. ¡Sentirte como dragón chino! Y ser muy, muy caras. Pero yo regalar tú, ¿vale?  Tú probar, ahora. Yo probar también. Yo probar si tú probar, ¿vale?



 La Jenny se quedó mirando al chino, escrutando su expresión. No sabía si sentirse estafada o no, pues para empezar, no tenía ni la menor idea de si lo que el chino le acababa de regalar valía una pasta o era una mierda como un caballo. Indecisa, valoró por unos instantes el ofrecimiento del oriental. Dio finalmente un par de bufidos, se puso el floripondio de la cabeza en su sitio y de un manotazo le cogió al chino la bolsa. Sacó dos pastillitas grises y le dio una de ellas a Wan.



-Tú primero- le dijo. Si voy a petarla, tú irás primero.



El chino se metió la pastilla gris en la boca. Hizo el ademán de tragar. La miró. Bajó la vista y volvió a alzarla. Mandaba el silencio. Habían pasado un par de minutos y ahora era el turno de ella. Tomó una de las píldoras y fijó la vista en el cerebro que tenía grabado. Un par de instantes después se la llevó a la boca y se la tragó de una. Ahora ambos estudiaban la cara del otro, a la caza de una reacción extraña, una mueca desagradable, un rictus. Nada de eso pasó. La Jenny cogió el bolso de un manotazo, se levantó con brusquedad de la silla y salió de la habitación.



Fuera, una abuela esperaba frente al mostrador con cara de estar cabreada por no haber nadie para atenderla. Levanto el brazo y le enseñó a la Jenny un manojo de verduras.-Nena, a cuánto tienes las cebolletas?-le chilló.



-Abuela, váyase a tomar por culo-eso es lo que la anciana recibió como respuesta.

III. Jennifer, un nombre propio.

Paco estaba aburrido. Cansado y cabreado. Era esa misma sensación la que le invadía todos y cada uno de los días que, cómo hoy, se veía atrapado en el atasco de vuelta a casa. La M40 era un auténtico embudo circulatorio, agravado por un tramo a unos doscientos metros de donde estaba él, en el que había un carril cortado por obras. Hoy llegaba a casa a las tantas, seguro. Los coches de alrededor mantenían atrapados a decenas de conductores con la misma cara de pasmo que tenía él. Unos escuchaban la radio, otros leían el periódico y alguno que otro jugueteaba con su móvil, o con su nariz. Todo valía para mitigar la espera a que, de una puta vez, la caravana echara a rodar. Siempre había pensado que algún día tenía que ocurrirle algo especial en un atasco. Era extraño que con la cantidad de horas que pasaba al año tirado en la autovía, nada de interés le hubiera pasado. No había conocido nunca a ninguna tía buena en un atasco. Ni había visto a ningún famoso en el coche de al lado. Ni siquiera había vivido ninguna situación graciosa. Decididamente, estar metido en un atasco era una pérdida de tiempo, un desastre, una mierda. Miró a su izquierda, al coche en paralelo al suyo, y vio a la conductora, una piba con el pelo moreno y rizado que manoseaba el botón de cambio de emisora de la radio mientras con la otra mano sujetaba un cigarrillo a medio fumar. –Joder, está buenísima-pensó Paco,- voy a entrarle.- Con decisión, echó el freno de mano, paró el motor de su Volkswagen y abrió la puerta para disponerse a salir.





A la Jenny le habían advertido muchas veces que no hiciera eslálones en los atascos. Podía ser potencialmente peligroso. Una vez la paró la Guardia Civil y le metió una buena multa por adelantar coches parados de esa manera. Pero la Jenny no había aprendido de ninguna de esas situaciones, y por ello iba conduciendo la scooter como una loca, sin fijarse en los posibles obstáculos que pudieran surgir en el camino. Coches moviéndose, alguna moto zigzagueando errática como ella, o la peor de las amenazas: la puerta de un coche abriéndose. Por ello, y porque la pildorita gris empezaba a hacer efecto en su organismo, no vio la puerta del Volkswagen Polo negro que se acababa de abrir a su paso y que, no pudiendo esquivar, se comió entera.  



La moto derrapó y tiró a la Jenny contra el arcén, donde también acabó el vehículo, a unos metros por delante de ella. El bolso, lanzado hacia arriba por  la colisión, se abrió y desparramó toda la compra hecha un rato antes por la calzada de la M40, mezclando en pocos segundos, el Special-K, los cristales, las pastillas de Nexus, el Brugal, y el Beefeater con un grupo de monedas, unas gafas de sol de repuesto, una polvera, dos bonos del metro, unas braguitas negras de repuesto, las llaves de casa y la hierba de la mediana.



Vaya hostia- exclamó Paco-si llego a salir antes de buscar el mechero me como la moto!



 Jennifer se había levantado y andaba haciendo eses por el arcén izquierdo de la autovía. Estaba mareada como una peonza. De los coches de alrededor comenzó a salir gente que en su intento por ayudarla, lo único que hacían era acojonarla más. Desde el gentío alrededor suyo, una mujer chilló: -no deberías levantarte, hemos llamado a una ambulancia y la policía no tardará en llegar.

Jennifer pensó en toda la cantidad de droga que había desperdigada por el lugar de la colisión, además de la pastilla que se había tomado con el chino y que no sabía bien lo que era. Definitivamente no era buena idea esperar a la policía, así que se puso en pie comprobando que tenía todo en su sitio, se subió a la moto y salió disparada de allí.



-Mierda-exclamó Paco-para una vez que me pasa algo en un jodido atasco y no voy a poder ni ligarme a la tía buena esa.




Sara estaba terminando de arreglarse. Su aspecto era espectacular. Esperaba que ésta vez, su prima la Jenny no llegara tarde a por ella y pudieran estar en el parque a la hora que los demás acudían. Quería estar allí antes de que llegara el Moisés. El móvil le vibró. Era un Whattsap de su prima.



-He tenido un golpe con la moto hace un par de horas y no iré al parque. No me encuentro muy bien. Te llamo mañana.



A la Sara no le gustó una mierda el mensaje. Para empezar, tendría que llamar a la Alicia para que pasara a buscarla, y eso no le gustaba un pelo. Si la Jenny corría con la moto, la Alicia iba literalmente a tumba abierta. Además, si su prima se había hostiado con la moto tendría que ir a verla, con lo cual nada de meterse mano con el Moisés en el parque. Con el morro torcido buscó en la agenda el número de su prima y le llamó. Cinco tonos después, Jennifer contestó.



-Hola lover.

-Hola Sara. Has visto mi whatsapp?

-Sí, loka, qué te ha pasado? Estás bien?

-Sí, sí. Me he metido una leche en la M40 y estoy hecha un asco. Acabo de ducharme y curarme los cortes, pero pasando de ir al parque.

-Ya. Pues vaya ful. Necesitas algo, loverpower?

-Espera, espera un segundo. -A Jennifer se le revolvió el estómago de repente. Le entró una arcada que de poco le hace vomitar.

-Chocho, ¿estás bien seguro?-preguntó Sara.

-Sí, sí. Estoy bien. Tengo el estómago un poco revuelto. Oye, ¿por qué no llamas a Alicia y que pase a por ti?

-Sí, la he llamado ya y se viene pal’ edificio a buscarme.

-Sara, una cosa; la priva y lo demás ha salido volando en el accidente. Os tendréis que arreglar sin eso.

-Bueno, loka, no te comas el tarro. Ya irá el Moisés con el coche a por botellón. Oye, tengo que dejarte, me estaba depilando el chocho y la Alicia llegará en cualquier momento.

-Uf…espera, espera por favor-contestó Jennifer, apurada; una lengua de fuego le recorrió la garganta desde la base del estómago hasta la boca. Soltó el teléfono con violencia y se contrajo sobre su vientre para reducir el ardor. Sara la llamaba al otro lado de la línea, pero Jennifer no era capaz de coger el auricular. Poco a poco, la sensación fue remitiendo y le permitió contestar.



-Prima, no me encuentro bien; voy a colgar.

-Vale, te llamo mañana. Si te encuentras peor dímelo y paso a verte. Queteiloveyou!

-Adiós.



Jennifer se levantó y fue a la cocina a beberse un vaso de agua. Salió de la estancia por la puerta que la conectaba directamente con el pasillo, evitando así tener que pasar por el comedor y dar ninguna explicación. Subió las escaleras hasta el primer piso, entró en su habitación, cerró la puerta y la bloqueó con el pestillo.


Entró en su baño, se lavó los dientes y se pasó el hilo dental. En el taburete blanco descansaba el último número de la revista ¿Cómo?, la Biblia semanal de la prensa del famoseo. Jennifer se sentó en el inodoro. Cogió la revista y la abrió por la página nueve. Un tímido picor asomó por la parte interna de los antebrazos. Algo imperceptible al inicio, que fue creciendo en intensidad a medida que pasaban los segundos. Pasó un par de páginas, y varios sarpullidos aparecieron en sus manos, brazos y cara. Jennifer se asustó. Se levantó del váter y tiró la revista en el suelo. Inmediatamente, los síntomas alérgicos remitieron. Se inclinó sobre ella y la volvió a tomar entre sus manos. El picor volvió a aparecer. Tomó una página al azar y empezó a leer en voz alta.



“Paula Paniagua, la princesa del pueblo, se sincera a ¿Cómo?”: Me he separado; mi marido me la pegaba con la cajera del Mercadona.



Era superior a sus fuerzas. El estómago se le dio la vuelta en un instante y le sobrevino una espantosa flatulencia que hizo temblar el espejo del aseo. Se acercó a éste comprobando en su reflejo que tenía la cara hinchada como una bota. Soltó la revista. La hinchazón bajó. Cogió el móvil y buscó en el álbum de fotos una que se había hecho con Juanma Perales, presentador del Toma pepino. Tuvo que soltar el teléfono apresuradamente y acto seguido se lanzó al inodoro a vomitar.



Cuando la angustia remitió, Jennifer se incorporó, se lavó la boca y se metió en la cama. La mañana siguiente voy a ver al chino-pensó-pues estaba segura que parte de esa sensación nueva y extraña tenía que ver con la píldora gris que se había tomado. Cerró los ojos y sin saber por qué, se durmió con la reconfortante certeza de que entre el Evolucionismo Darwiniano y el Creacionismo puro no había color; sin duda el componente genético y la selección natural eran las claves de la evolución de las especies.


IV- Metamorfosis

Las abuelas se arremolinaban entre las cajas de fruta y verdura. Todos los días pasaba lo mismo. La mayoría de ellas toqueteaban las piezas sin reparo alguno, presionándolas con los dedos sucios para comprobar si estaban demasiado maduras. Otras, directamente se metían en el bolso algún pimiento, puerro o tomate. Wan estaba harto de espantarlas todos los días como si de una bandada de palomas se tratara. Y más esa mañana, en la que él se sentía diferente. Fuera de los asuntos de la tienda, la vida en general le había importado un bledo. Había pasado por completo de todo lo que no fuera su tienda, la televisión y su Skoda Octavia blanco. Pero esa mañana se levantó con la cabeza repleta de ideas y críticas. Quería saber el por qué en su país no se podía elegir libremente el gobierno. Quería saber el por qué los chinos tenían esa cara tan característica que los diferenciaba de los europeos. Quería saber también la razón por la cual existen pimientos de diferentes colores y qué era el calentamiento global. Quería saber muchas cosas y se había dado cuenta que no le sobraba tiempo para ello. Así, salió al exterior de la tienda, donde las abuelas habían montado su pequeño tumulto, y hecho una furia, les dio una sarta gritos acompañados de varias palmadas, acabando así tan curiosa reunión. Acto seguido, se metió en la trastienda, entró en Google y resolvió dar solución a tanta pregunta sin respuesta.





Jennifer aparcó la moto enfrente de la entrada de la tienda. Cruzó la calle y entró. Wan no parecía estar en la tienda.



-¿Hola, hay alguien?-gritó Jennifer.

-¿Quién es tú?-contestó Wan.

-Soy Jennifer. Sal un momento.

Wan se levantó de la silla y salió de la trastienda.

-Ah, sí, yo conocer. Tú ser la de tetas guapas. ¿Qué querer tú?

-¿Dónde has conseguido esas píldoras? ¿Quién te las ha dado?

-Proveedor de siempre. ¿Qué pasar?

-Vamos a ver-contestó Jennifer con un grito­- desde que me tomé la puta pastillita ayer, no pienso igual, no hablo igual, no me comporto igual, no tengo las mismas sensaciones y no me preocupan las mismas cosas, ¿te parece a ti que eso es normal?. Además, cada vez que me acerco a cualquier cosa que suene a superficial me entran unas reacciones alérgicas del carajo. Ya verás. Vete a donde tienes las revistas y trae una de cotilleos cualquiera.



Wan salió disparado hacia el exterior de la tienda. Cogió un ejemplar de “Mátame, glamour” de la pila de revistas que el distribuidor acababa de traer en un fardo cerrado con un cordel de plástico blanco. Una burbuja de aire se abrió paso por su esófago y acabó por convertirse en un enorme eructo lanzado al aire en medio de la tienda. Los dos clientes que tenía cerca se le quedaron mirando, dejaron las canastas con la compra en el suelo y salieron del local con cara de asco. Wan entró en la trastienda disparando eructos a babor y estribor. Ver a un chino con un ataque de ventosidades era una estampa innoble. Pero nada con lo que estaba por llegar. Al comenzar a leer en voz alta la revista, los intestinos de ambos se aflojaron hasta tal punto que los pedos, eructos y quejidos de dolor se alternaban en una auténtica sinfonía expelente.



-¿Has visto? Esto es una puta alergia. No puedo ni acercarme a una revista de cotilleos, ni ver los programas del corazón, ni siquiera escuchar hablar a mis amigos. ¿Qué coño me has dado? Ahora tengo una alergia brutal a todo lo que sea superficial, falto de valores. Esa píldora me ha dotado de un espíritu crítico feroz.­- afirmó Jennifer con gravedad. El oriental asintió, a él le pasaba lo mismo. Se miraron. Les faltaba respuesta a tanta pregunta.



-¿Sabes dónde vive tu proveedor?- preguntó Jennifer.

-Sí. Yo conozco dirección; a diez minutos en pie de aquí, vale?

-Perfecto, en camino. Vamos a hacerle una visita.



Durante el trayecto no podían dejar de debatir. Wan indicó a voces que la transición española había sido un modelo y una fuente de inspiración para muchos demócratas alrededor del mundo y preguntó a Jennifer si conocía los entresijos de la revolución cultural y económica china.



-No-respondió ella-pero me gustaría conocer más de la historia de tu país. Seguro que es muy interesante. De hecho-continuó­-me gustaría debatir contigo las raíces del comunismo, pues creo que los sistemas capitalistas no efectúan una redistribución de la renta equitativa y ahondan en la división entre quien posee los medios de producción y quien no. Más allá de la política-añadió-el hombre necesita el control de un órgano administrativo superior al individuo que arbitre la innegable sed de poder y dinero que las personas tenemos per se. El capitalismo del “laissez faire” es la perdición del trabajador y la gloria del inversor.



-Tú tener opinión formada sobre comunismo, ¿vale? Ser interesante. China tener mucho que ganar con sistema de planificación económica en mediados Siglo XX. Pueblo chino ser extremadamente trabajador y disciplinado, y con la guía espiritual de Mao, encontrar el justo equilibrio entre progreso y justicia de clases.-respondió Wan.



-Por otra parte, las relaciones difíciles entre Pekín y Moscú en esos años fueron derivadas por el escaso aprecio de las políticas del PCUS a los trabajadores agrarios. Es bien sabido que el bolchevismo estaba muy condicionado por el tejido industrial cercano a las grandes urbes de la Rusia Europea y no tanto de la enorme extensión de cultivos por detrás y por debajo de los Urales. Esa no era la realidad concreta china.  Jennifer hablaba con una suficiencia impropia. Las palabras le salían de la boca sin control. –Ah, y de paso me tienes que enseñar mandarín. Y explicarme lo del Gran Salto Adelante.



-Otro momento, ¿vale? Hemos llegado.



La puerta del rellano estaba abierta. Era un edificio feo, construido en los años sesenta con ladrillo color teja salvo el portal, formado por una sobria arcada de piedra color arena y una puerta metálica enrejada de color negro.

Tomaron el ascensor hasta el segundo piso.



-Tú ahora quedar aquí, ¿vale?-indicó Wan a Jennifer-mejor que él no verte antes de abrir. Si el ver tú, el no abrir.



Wan se acercó a la puerta cuatro y llamó al timbre. Se oyeron pasos. Alguien se acercaba. Cinco segundos en absoluto silencio; la persona detrás de la mirilla comprobaba quién era. Sonaron los cerrojos al abrirse y la cerradura al despasar las dos vueltas con la que estaba bloqueada. El camello tuvo tiempo para poco más que para saludar, pues Wan le dio un soberano bofetón que lo tiró contra el suelo.



-¿Tú qué dar ayer mí, bastardo?-bramó Wan-Eh, recuerdas las pastillas gris, con cerebro. ¿Qué coño ser?­- añadió. Al acabar la frase hizo un movimiento de arte marcial que desembocó en una patada en el plexo solar del mayorista.

-Vale, vale, te lo explico. No me des más hostias, que acabo de almorzar.-contestó éste.



Jennifer entró entonces en la casa.-Vaya con el chino­-pensó-además sabe artes marciales-



-Esas pastillas se llaman “Píldoras de Espíritu Crítico”­-comenzó a explicar el camello.- Llevan años en el mercado, pero es relativamente desconocida, y muy cara. En la mayoría de los casos produce los mismos efectos que cualquier otra droga alucinógena, pero parece ser que en un muy pequeño porcentaje de personas, la pastilla provoca un cambio radical en la conducta. Te vuelve crítico.

Wan se arrodilló y dejó caer todo su peso a través de la rodilla derecha sobre el esternón del camello.

-¿Y si tan cara, por qué entonces tú regalar?-preguntó Wan.

­-¡Coño, me estás haciendo daño!-replicó éste.

Tú decir, o si no repartir ensalada de hostias!

-Vale, vale, te lo explico; pero levanta un poco la rodilla, joder, que me falta el puto aire.-Wan relajó un poco la presión sobre su esternón-Esas pastillas que te dí son un desarrollo de la píldora original. Están en fase de pruebas. Han venido directamente de los laboratorios clandestinos en Shangai y los mayoristas nos han obligado a meter algunas cantidades en el mercado para valorar los efectos. Tú fuiste uno de los conejillos de indias, te consideré un vendedor de poca monta, un pardillo, por eso te las regalé.



Al oír lo de que era un pardillo, Wan levantó el brazo y le propinó un guantazo en la cara.- ¿Qué más? ¿Quién más tomado pastillas? -añadió, mostrando el puño amenazante.



-Joder, no me atices más-protestó el camello.- Por el momento se han distribuido unas tres mil píldoras por Madrid más o menos, otras tantas por Barcelona y alrededor de mil quinientas en Valencia, Bilbao y Sevilla. No tengo mucha más información. Me ordenaron hacer de aquí a unos días una ronda entre todos los colocadores que controlo, entre los que estás tú. Con respecto a los efectos colaterales, en su formulación original en los años ochenta el primer caso conocido fue el de Ramoncín. Después vinieron Tom Cruise, Ozzy Osbourne, Rossy de Palma o Cayetana Guillén Cuervo. Dicen que el único caso en el que ha ocurrido el efecto inverso fue el de George Bush, con el que la CIA hizo una prueba secreta para intentar dotarlo de algo más de criterio y al que en vez de hacerlo más crítico, lo convirtieron en más gilipollas de lo que ya era.



-Oye, ¿y este cambio es para siempre, o cuando se pasa el efecto de la pastilla vuelves a ser como eras?-preguntó Jennifer desde la puerta del comedor.

-Pues guapa, creo que esto es pa´los restos.

-Ya, como tu estupidez, entonces. Pa’los restos.



Jennifer comenzaba a tener claras varias cosas. La primera, que las píldoras no le habían menguado un ápice su condición de borde redomada y sus pocos escrúpulos. Además, éstas habían añadido a su arsenal personal el espíritu crítico. Una mezcla imponente. Pensó en la cantidad de posibilidades nuevas que se le abrían con esa combinación de atributos.  Ahora sí que estaba en disposición de comerse el mundo. Sopesó por un momento sentar la cabeza. De la risa casi se cae de culo.



-¿Dónde tienes esas pastillas?-le preguntó al camello.

-No me queda ninguna, ya las he pasado todas.



Se acercó a él y le dio una patada en el estómago.-Mira, imbécil-le dijo-tú eres un colgado y no me creo que no te hayas guardado unas cuantas para ti solito. Me vas a decir ahora mismo dónde las escondes o te pongo la boca en la nuca.



El traficante la miró con resignación. Esa tía era una mala bicha. O bien le decía dónde estaba escondida la bolsita de píldoras grises o se arriesgaba a recibir una somanta de palos.-En el armario de la cocina, al lado del extractor. Dentro de un bote de Colacao.­- sopló.



Jennifer se acercó a la cocina, tomó la bolsa del escondite y la abrió.



Se acercó a Wan- oye, arréglatelas con éste. Yo me he de marchar, que tengo varias cosas pendientes- le dijo-. Ah, y asegúrate que cante quién es su proveedor. Tenemos un negocio de millones de pavos delante de nuestras narices-. El chino asintió. Acto seguido repartió las veinte píldoras entre los dos.



Salió por la puerta en dirección al ascensor. Por el pasillo sacó el móvil para hacer una llamada.



Buscó el número en la agenda y marcó la tecla de llamada. Al tercer tono, la meretriz contestó.



-Hola, soy Jennifer, ¿me recuerdas? Una amiga que trabaja para ti me llevó a verte hace una par de semanas. Si, exacto, la de las tetas de anuncio de Wonderbra. Sí, sí, he pensado lo de trabajar en tu garito, pero no me interesa. ¿Qué para qué te llamo? Para hacerte una suculenta propuesta de negocio. No. No estoy bromeando. Sí. Sé perfectamente lo que ocurre cuando a alguien como tú se le hace perder el tiempo. ¿Nos vemos esta tarde?  Muy bien, me paso por el local a eso de las seis y media y hablamos de las condiciones.



Colgó el teléfono y se metió en el ascensor.




Escrito por Robert Fornes.



1 Comentarios:

  1. Muy buena compañía el desenlace de tu relato mientras me tomo el té...he quedado aliviada, pues me temía lo peor con respecto a esas pastillas, y gratamente sorprendida con el resultado, lo cierto es que no me extrañaría que llegásemos a eso, pero bueno, he de decirte que tus letras atrapan, ingeniosas y reflejando una realidad que nos acompaña, ha sido un placer leerte amigo, me ha encantado ;-)
    Muackss!!

    ResponderEliminar

 

Blogger news

Blogroll

Safe Creative #1002125511347

About

website-hit-counters.com
free search engine submission
Creative Commons License
Narrativa para susurrar by Robert Fornes is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported License.