I. La princesa del barrio.
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1 | 17:43
Loka, si s marxa sta noxe cn l Paco ps
t kgas n su puta calabera. Vya morro,
maxo, y dsps ncima t hirá dndo pr l culo cn gnas d hchar n polbo.
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2 | 17:44
Eso nena, k l den, a tope d power.
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3 | 17:47
Si, loka, iré pr la priva y ls dmás
cosicas. M pro a ver l pepino. Xau, xoxo.
La Jenny lanzó el móvil con desidia encima del sofá, a su
izquierda. Le dio volumen a la Loewe de 42’’ LCD super definition con el
marco en efecto perla satinado de 3.000 pavos
y puso los pies con impudicia encima de la mesita auxiliar del comedor. Éste
era un mueble magnífico, compuesto por una estructura de madera maciza de nogal
de estilo rústico y forma rectangular de la que sobresalían cuatro soportes muy
trabajados de hierro cromado que soportaban un cristal biselado rectangular de
unos cinco centímetros de grosor. Una señora mesa que, por mucho que a su madre
le cabrease hasta enrojecer, servía con frecuencia de reposapiés a la Jenny, que esperaba tirada con
desgana en el sofá, lima de manicura en mano, el final de la publicidad y el
retorno de los gritos e insultos de su show favorito, el Toma pepino. Ella era una loka
agraciada. Era la única de toda la peña del parque cuya casa se ubicaba en un
barrio del centro de Madrid. Sus padres tenían ambos un buen trabajo y por ello
en casa nunca había faltado pasta. No
obstante, ella había renunciado voluntariamente a esa vida acomodada para unirse
a la causa de las lokas del parque y actuar
como portavoz de éstas, como cabeza visible. Era, más que ninguna otra, la
muestra palpable de que la mierda no siempre se recoge en los vertederos.
La Jenny no quería estudiar, ni trabajar, ni hacer nada que fuera
remotamente útil. Esta actitud sacaba de quicio a sus padres, quienes cansados
de tanta falta de responsabilidad y la madurez personal la habían obligado tras
varias broncas a aceptar un trabajo de vendedora a media jornada en una tienda
de ropa. Su liderazgo en el grupo provenía, además de por su carácter y su sacrificio por la causa, por ostentar el
complicado record de ser la primera y única del grupo en conseguir la baja
laboral por depresión tan sólo dos meses después de haber iniciado su contrato
de trabajo. El resto de chochos no
habían llegado ni por asomo a ese registro; algunas se habían auto-sentenciado
a los pocos días al faltar sin motivo explicable, otras habían sido despedidas
por insultar a los clientes e incluso en el caso de las más avezadas, por encararse
y coger del cuello a algún mozo de reparto, algún compañero o incluso al jefe.
En resumen, si preguntabas a las chonis
del parque, la Jenny era una tía de puta madre, la envidia de todas las demás. Tenía
un trasero que era armonía pura. Sus nalgas bailaban acompasadas junto al chicle
siempre presente en su boca y ambos coreografiaban a su vez una suerte de danza
diabólica y gitana que ponía cardíacos a los canis del parque. La Jenny era una bomba erótica, ella lo sabía y los
canis también, por eso todos ellos se
la querían follar.
Ella era la personificación en el barrio de Paula
Paniagua, la reina de la telebasura.
De vuelta al salón, la Jenny celebró el retorno acelerando la velocidad de
limado de sus uñas y tirándose dos señores pedos que retumbaron presos en sus
pegados vaqueros del Bershka.
¡Vamos, neni; dale su merecido a ese
periodista mariconazo!-exclamó sin
el menor sonrojo.
En el plató de televisión, el periodista gay le recordaba a la Paniagua que
el último set de fotos suyo que circulaba en las revistas era un posado
escandaloso y no tenía el menor valor como exclusiva.
-Una mierda-respondía una y otra vez la Paniagua- os juro por mi Andresito que estaba de
vacaciones en Cancún y no tenía ni puta idea de que esos paparazzis me estaban
fotografiando. ¡De haberlo sabido me habría puesto el bikini rojo de topos, ese
que me queda tan bien, el que me realza las tetas!- exhortó al grupo de
abuelas cotillas que formaban el público del plató, las cuales asintieron
cacareando a voces como un grupo de gallinas cluecas.
¡Eso-confirmó la Jenny-dile a ese pavo que no tiene ni puta idea de lo
que dice, macho! ¡Maricón! ¡Estás bobo, loko!-exclamaba una y otra vez de
cara a la pantalla de la televisión, haciendo aspavientos con las manos como si
fuera una mona del zoo. El periodista se levantó de su silla, enfiló los tres
metros aproximados que le separaban de la celebrity,
y acercándose a su neumática tez, al tiempo que le tocaba el hombro con la mano
derecha, le espetó: ¡Mentira, Paniagua, lo
tuyo es pura mentira!
La Jenny cambió de color. A su princesa no la agraviaba
nadie.
-¡Cabrón! ¡Pero tú que te has pensado!
¡Bujarra!- le chilló.
Hecha un manojo de nervios, de pie sobre el sofá y dando voces como un
orangután poseído por el espíritu de una verdulera, lanzó el mando a distancia
contra la pantalla de la tele, provocando que éste se deshiciera en cuatro
trozos, cada uno de ellos despedido en una dirección diferente.
¡Mierda, macho-dijo en voz alta-me he fundido el puto mando!. Recogió uno por uno los trozos,
comprobando que de ninguna manera volverían a recomponer el mando a distancia que era hacía unos segundos. Abrió
entonces la cigarrera de madera y piel que descansaba encima de la mesa, tiró
los trozos dentro como el que tira una bola de papel de plata en una papelera y
cerró la caja. Un
par de insultos más, varias rondas de aplausos y los títulos de crédito. Eran las
seis, y el programa había finalizado.
Jenny saltó del sofá, y caminó a paso rápido por el pasillo hasta el cuarto
de baño a arreglarse para ir al parque. El alisador de pelo, al escuchar sus
pasos, arrancó a temblar.
-Por Dios, como cuesta abrir esta
cerradura. Cualquier día de estos me dejo las uñas intentando entrar en casa.-Trinidad había salido de la consulta un poco antes
de la hora habitual. Tenía varias cosas que ordenar en casa y no había mucho
trabajo esa tarde, así que dejó a su marido atendiendo a una visita y se
marchó.
-¡Jennifer! ¡Jennifer! ¿Estás en
casa?- exclamó Trinidad.
No oyó respuesta alguna tras la puerta, pero el sonido de la ducha y los
berridos que destrozaban una canción de Shakira delataban a la díscola hija.
Tal y como Trinidad temía, la
Jenny se estaba arreglando para salir. Eso no eran buenas
noticias.
-¡Jennifer! ¡Abre la puerta!
-¿Eh?
-¡Que abras la puerta! ¿Has ido esta
mañana a la tienda a entregar los partes
de baja?
-¿Qué dices, macho, joder?
-¡Que si has entregado los partes de
baja en la tienda!
-¡Joder, mamá, hija! ¡Qué pesada
eres, macho!
-Jennifer, quedamos en que los
llevarías hoy, me lo prometiste.
-¡Pues va a ser que no, loka! Me ha
llamado la Sara
y me voy a dar una vuelta. Ya iré mañana.
Trinidad se apartó de la puerta del baño, resignada. Ese era el tipo de
irresponsabilidades que la enfadaban tanto con su hija. Con ella iba a ser el
cuento de nunca acabar. No pensaba que la situación fuera a mejorar en
absoluto, nada que ver con su Enrique, el hijo mayor, quien siempre había sido
un chico responsable y ni por asomo les había hecho pasar las perrerías con las
que la Jenny
los tenía agobiados y cansados desde hacía años. Dio un bufido de desaprobación, giró sobre
sus pasos en dirección opuesta al baño y desapareció por la puerta de la cocina
con la cabeza gacha.
Cuarenta minutos más tarde, la
Jenny estaba arreglada y pintarrajeada. Lista para comerse el
mundo. Se fumigó veinte mililitros de colonia cara, salió de casa y tomó el
ascensor para bajar al garaje, donde le esperaba su scooter. Maldijo por enésima vez la estampa. En la vacua
rectangularidad de esa plaza de garaje debía haber un descapotable rojo, no una
mierda de ciclomotor. Pero no, al idiota de su padre se le había puesto entre
ceja y ceja no comprarle un coche. Y menos rojo. Y mucho menos deportivo. Así
que sin dejar de escupir sandeces se aplastó el pasador con forma de flor que
adornaba su occipital, se calzó el casco, se subió en la scooter y salió disparada hacia la rampa de salida con el brazo
extendido y el mando apuntando a la puerta como si fuera un caballero de las
cruzadas y el portón de aluminio fuera el enemigo al que derribar. Salió del
edificio enfilando la apotema que la ubicaría en el punto central del perímetro
formado por su casa, los bancos del parque, la caja del súper y el polígono.
II. China es de puta madre.
China es enorme y preciosa. Es un país de puta madre. Eso debe ser. Y
aunque la Jenny
no tiene ni idea de dónde está, tampoco le importa. Eso sí; piensa que debe ser
rico como pocos. Si no, cómo es posible que tantos chinos monten prósperos
negocios de alimentación, bazar y todo a
1 Euro en los que ella, al igual que todos los demás mascachapas roban sin descanso, y que a pesar de todo ello, les
vaya tan bien como para seguir montando más negocios de esos semana tras semana.
Joder, la gente de aquí no puede hacer eso, no ganan dinero suficiente; el
marido de la hermana de la Tere había puesto un videoclub un año antes y lo
había tenido que cerrar tres meses después de abrir. Definitivamente, los chinos
eran todos ricos y les sobraba el dinero, así que no pasaba nada porque ella
cogiera de cuando en cuando algunas cosillas de poca importancia, no se sentiría
mal porque ella estaba de baja, porque no ganaba un puñetero Euro, y menos en
comparación con el montón de pasta que seguro amasaba el puto chino por las
noches en su casa de chino, al lado de su mujer china con su cena china. Por
eso, y precisamente por eso, Alimentación
Won era el lugar perfecto para comprar la priva y la mezcla del botellón,
robar varios paquetes de chicles, algunas botellas de Red Bull y paquetes de condones caducados. Eso sin hablar de las
pastillitas de la risa que Wan, gerente y administrador único de Alimentación Won, vendía en la
trastienda.
Wan tenía un surtido interminable. De todos los colorcitos. De las que
daban subidón sin más, de las que te
metían unas alucinaciones de la hostia, e incluso de las que mantenían a los tíos
empalmados por varios días. Y de cuando en cuando, te vendía alguna pildorita
rara recién traída de nosedónde. En definitiva, la tienda era un lugar lleno
de posibilidades.
Desde su casa hasta el bazar había escasos quince minutos en moto. Doce
semáforos. Cinco de ellos eran invisibles o eso parecía, al menos, dado que la Jenny se los saltaba en rojo
continuamente. La tienda estaba en una calle no demasiado ancha, con acera sólo
en su vertiente derecha, jalonada por hendiduras cuadrangulares de metro por
metro en las que los naranjos bordes crecían alimentándose del agua de los
servicios públicos y el humo de los vehículos de la ciudad. Los paseantes
de perros obligaban a sus canes a cagar en estos maceteros urbanos, haciendo en
el proceso juegos malabares para que el resto de viandantes no lo advirtieran y
por ello juzgaran. Sí era visible el resultado, un muestrario de cagarros caninos digno de exposición. La
fachada y la rotulación de la tienda mostraban el poderío del desembarco chino
en Madrid. Antes de que el señor Wan la comprara, ésta había sido un
ultramarino tradicional, con el toldo de color verde, el escaparate de metal
verde oscuro y cristal, y decenas de cajas de fruta perfectamente colocadas
para mostrar el género de manera atractiva al cliente. El cuadro ahora era algo
diferente. El toldo ya no existía, y en su lugar se había colocado un enorme
cartelón de neón plagado de caracteres chinos. Aún había cajas de fruta y
verdura en el exterior del comercio, aunque ahora el género era de una calidad peor
y estaba rematadamente peor presentado. Ese era el curioso signo de los
tiempos; para mejorar el nivel de vida de los habitantes de un barrio, se
habían llevado los productos frescos y de compra diaria a grandes superficies
en las afueras de la ciudad, los habían puesto a la venta más caros y con el
tiempo, esos antiguos comercios de barrio habían sido ocupados de nuevo, esta
vez por inmigrantes, ofreciendo productos peores y con precios que con el
tiempo se habían aupado a la altura de los grandes hipermercados. Un proceso
curioso e inútil. Humano, a fin de cuentas.
Esta reflexión no se le había pasado por la cabeza a la Jenny ni antes ni después de
haber aparcado el scooter en la
puerta de la tienda. Wan estaba sentado detrás del mostrador, con la mirada
fija en un pequeño televisor colgado del techo. De su pantalla salían
despedidas las imágenes de una película musical china. Sus ojillos felices
acompañaban las coreografías del musical y contrastaban con la mueca de perro gruñón
marca de la casa. Jenny entró enarcando las cejas a modo de saludo. Tomó un
cestillo de plástico de esos que se encajan unos dentro de otros en las cajas
de los súper y cuya única finalidad es volcarse cuando están medio llenos y se
dirigió por el centro del pasillo hasta las vitrinas donde reposaban a la
fresca las litronas de cerveza.
Abrió el armario de frío y tomó cuatro botellas. Lo cerró, giró sobre sus
tobillos y alargó la mano para coger una botella de Martini, arriba, y dos de Fanta
de limón, abajo. Comprobó que el dueño seguía canturreando, pasmado, cara a la
tele y se metió tres latas de Power drink
en el bolso. Aprovechó que la veda estaba abierta y arrambló con dos botellas
más de alcohol, un par de paquetes de patatas y tres de chicles. Inflada como
un pez globo, volvió por el único pasillo de la tienda en dirección al
mostrador.
-¿Qué te debo, éste, macho?
-Tú dejar cosas en mostrador, ¿vale?
Contar un, dos, tres. Ahora tú sumar tres latas, botela Beefeater, botela
Brugal, paquetes patatas y chicles que tú meter en abrigo, ¿vale? Total,
treinta y dos Eulo con veinte.
-¡Joder, macho! ¿De qué vas? –Escupió la Jenny- ¡Yo no he cogido nada, hombre, macho ya!
-Tu no discutir con yo- respondió Wan-Yo
visto tu coger por cámara vídeo, y yastá, ¿vale? Tú pagar, o dejar en sitio
otra ves.
La Jenny no sabía donde meterse. Se ajustó las gafas de sol en la cabeza y
dio varios bufidos mientras daba pasos cortitos de un extremo a otro del
mostrador de Wan. Éste seguía el paseo con los ojillos entornados.
-Tú tener claro, mujer. O pagar o dar
compra Wan- le dijo, al ver que no se animaba a pagar.
La paciencia de la Jenny se iba agotando, se veía en un callejón sin
salida. Nunca la habían pillado con las manos en la masa, y por ello estaba
cardiaca. El floripondio rojo que portaba adosado al pelo se le había descolgado
como consecuencia de los vaivenes que daba con la cabeza entera para negar su
mala suerte. Le había arrancado a sudar el bigotillo y notaba humedad también por
la espalda y en la cara interna de los muslos, por debajo de la falda. Estaba
claramente en una situación fuera de control. Hasta que se le ocurrió una idea.
-Oye- le dijo con un graznido-¿por qué no vamos a la trastienda y me enseñas las pastillitas que
tienes? Venga, chinito, que si hacemos un buen trato, te enseño las tetas.
El chino abrió los ojos como platos. Por deleitarse con la visión de las
tetas de esa loba habría sido capaz de mirar hacia otro lado aunque se hubiese
intentado llevar a sus hijos en el bolsillo del abrigo.
-Pasar dentro tú y yo- contestó Wan. -Tener pastillas nuevas, ¿vale?- añadió, al tiempo que abría la
cortinilla de tiras de plástico que separaba la tienda del habitáculo interior y
hacía un gesto para que la Jenny pasara por delante de él.
Jenny sabía que había superado la crisis
momentáneamente. Eso le hacía sentirse algo más relajada. Con su ocurrencia
había conseguido mantener el control, así que resopló aliviada y arrancó hacia
dentro meneando el culo como si le hubieran puesto a los pies la pasarela Cibeles
entera.
El interior de la habitación era bastante sórdido. Una lámpara de sobremesa
con forma de tinaja y un plafón color carmesí ofrecía la única luz disponible
en la estancia. En el centro, un viejo sofá negro de skay gobernaba al resto de
objetos. Dos sillas de playa con el respaldo a colores, una estantería baja con
algunos libros y revistillas y una alfombra de tiras gordas completaban el atrezzo. Wan se dirigió a la estantería,
separó algunas revistas y sacó una caja metálica con un dragoncito chino
pintado en la tapa.
-Aquí
tener material, ¿vale? Hacer negocios, ¿vale?- dijo Wan en voz baja.
Abrió la caja, y en el interior había varias bolsitas de plástico. Dentro
se encontraba un arsenal de drogas sintéticas. Cristales de Speed, polvo de ketamina y un surtido variado de pastillas de distintos colores y
formas. Rojas, planas, amarillas, azules o con forma elíptica; muchas de ellas
grabadas en una de sus caras. Las había blancas con un tiburón grabado, verdes
con el logotipo de Mistol, azules con la gaviota del PP e incluso unas de color
amarillo pollo con la cara de Chuck Norris. Siguiendo las instrucciones de la
Jenny, Wan fue sacando pastillas de varias bolsitas e hizo un montoncito final encima
de la mesa.
-¿Tú tener todo?
-Sí, macho. Pero joder, me las
pondrás en una bolsita, ¿no? No querrás que me las lleve en la mano.
-Sí, poner bolsa, ¿vale? Pero tú
ahora pagar y después enseñar tetas. Tú decir, ese ser trato, ¿vale? Pagar y
enseñar tetas, ahora.
La Jenny sacó un fardillo de billetes retorcidos de 20 Euros y lo tiró
encima de la mesa. – ¿Con eso te pago
también la priva, vale?
Wan no contestó nada, pues sus ojos ya estaban fijos en el escote de ella.
La Jenny se bajó un poco los tirantes y se metió las dos manos por dentro
de las copas del top. Con un movimiento suave, las sacó del interior y ahora
lucían blancas, redondas y bonitas, con los pezones apuntando directamente
hacia la cara del chino.
-Wan gustar, gustar mucho. El
chino no quitaba la vista de los melones
de la chica ni un solo instante. Yo poder
tocar, ¿un poco?
-¡Pero vaya jeta tienes, puto chino!
¿Tú qué te has pensado, macho joder?
-Yo querer tocar, ¿vale?-respondió babeando. Si tu mi dejar, yo hacer regalo especial. Regalo de amigo chino.
-¿Un regalo? No pretenderás que te
deje sobarme las tetas para que me des un gato apestoso de esos de plástico que
levantan una pata, no?
-No, yo regalar tú algo mejor. En
China, mostrar gratitud con regalo importante. Eso ser tradición; sí, ser
tradición-repitió Wan sin bajar
la mirada.
La Jenny tardó tres segundos en considerar la oferta, se acercó un poco al
chino y le dijo: Tócamelas cinco
segundos, ni uno más. Como te pases te doy una hostia que te envío para China
volando. Y después me das el regalo y me largo de aquí, no sea que me saltes encima,
que no tengo yo el coño pa’ fiestas.
El chino alargó los brazos y palpó las tetas con deleite. Las sobó con
torpeza tanto como pudo, pellizcando incluso uno de los pezones para comprobar
si se endurecía. Pasados los cinco segundos, la Jenny se quitó las manos del
chino de encima con un manotazo y acto seguido metió sus tetas dentro del top.
Se acercó a él y le dijo: Ahora me das el
puto regalo. Ya.
El chino se levantó de la silla, fue hacia la estantería y sacó de detrás
de una enciclopedia de olimpismo una cajita cromada del tamaño de una cajetilla
de cigarros. La abrió. En su interior había una bolsa de plástico con unas
pastillas de color gris plomo con un cerebro grabado en una de las caras. Sacó
tres y, extendiendo el brazo, se las ofreció a ella.
-Estas son nuevas. Proveedor decir
que ser cojonudas. Tú con ellas partir culo de verdad. Y con ellas sentirte
volar, mejor que los demás. ¡Sentirte como dragón chino! Y ser muy, muy caras.
Pero yo regalar tú, ¿vale? Tú probar,
ahora. Yo probar también. Yo probar si tú probar, ¿vale?
La Jenny se quedó mirando al chino,
escrutando su expresión. No sabía si sentirse estafada o no, pues para empezar,
no tenía ni la menor idea de si lo que el chino le acababa de regalar valía una
pasta o era una mierda como un caballo. Indecisa, valoró por unos instantes el
ofrecimiento del oriental. Dio finalmente un par de bufidos, se puso el floripondio
de la cabeza en su sitio y de un manotazo le cogió al chino la bolsa. Sacó dos
pastillitas grises y le dio una de ellas a Wan.
-Tú primero- le dijo. Si
voy a petarla, tú irás primero.
El chino se metió la pastilla gris en la boca. Hizo el ademán de tragar. La
miró. Bajó la vista y volvió a alzarla. Mandaba el silencio. Habían pasado un
par de minutos y ahora era el turno de ella. Tomó una de las píldoras y fijó la
vista en el cerebro que tenía grabado. Un par de instantes después se la llevó
a la boca y se la tragó de una. Ahora ambos estudiaban la cara del otro, a la
caza de una reacción extraña, una mueca desagradable, un rictus. Nada de eso
pasó. La Jenny cogió el bolso de un manotazo, se levantó con brusquedad de la
silla y salió de la habitación.
Fuera, una abuela esperaba frente al mostrador con cara de estar cabreada
por no haber nadie para atenderla. Levanto el brazo y le enseñó a la Jenny un
manojo de verduras.-Nena, a cuánto tienes
las cebolletas?-le chilló.
-Abuela, váyase a tomar por culo-eso es lo que la anciana recibió como respuesta.
(Fin de la parte 1 de 2)


Un relato que te adentra de pleno en una realidad cotidiana, se puede ver y sentir cada escenario, y presagiar lo peor con respecto a esas pastillas nuevas que le ofrece como intercambio a su co-china petición, el chino...
ResponderEliminarTe sigo ;-)
Bsos