Despierta.
Dame tu silencio, ahora. Toma con fuerza el teléfono y escucha lo que voy a
susurrar. Para cuando mis palabras se hayan agotado, tu cama estará inundada
por el exhalo jadeante de tu pecho y la calma circundante que, serena, sigue a
la tempestad.
No
consigo dormir. El recuerdo del olor intenso y salvaje de tu coño no me lo
permite. Imagino tus tejanos ciñéndose a las caderas en una envoltura perfecta.
La punta del pañuelo verde que cuelga de tu cuello cayendo azarosa por entre la
cara interna de tus muslos, acariciando el paso angosto que conduce a tu sexo
bendito. Ahora, tu torso; desnúdalo. Con lentitud. Siente en tu piel la caricia
de la camisa al descender lenta por la espalda. Desecha
esos gastados pantalones azul oscuro. Extiende tus piernas, juega con ellas. Consistentes,
tersas, flexibles. Dirige tus ojos allá donde ambas convergen, a ese punto
guardado con celo tras fino algodón negro y encaje. Muestra a tus dedos el
camino que franquea tus bragas, en busca de aquello que delinean, que esconden.
El camino de la invitación sabrosa y salada al alimento que mana generoso de tu
interior. Bájatelas.
Te
oigo, te imagino ahora recostada en la cama, apenas cubierta por la sábana, las
piernas a medio alzar, las tetas duras, volcánicas, abundantes, mostrando el
ritmo entrecortado de la lujuria que asoma flamígera por tus ojos.
Sopesas
la idea; te gustaría. Desearías que ahora mismo estuviera ahí, pegado a tu piel,
deslizando mis dedos por entre los remaches húmedos de tu vulva. Sometiendo tu
voluntad a mis placeres. Obligando a someter mi polla a los tuyos. Suelta el
teléfono. Acerca tu mano por debajo de la cintura y palpa la carne mojada y
caliente que reposa hambrienta entre tus piernas. Hazlo. Circunvala con los
dedos juntos el tesoro entre tus pliegues. Estoy ahí, en tu pensamiento,
lamiendo cada rincón de tu geometría curvilínea. Sueña que te embisto, te
poseo, tú chillas, llena, y me muerdes. Que el placer da paso a la furia; te
ato a la cama, me miras con fiebre, por encima del hombro, abro tu culo y te
ensarto. Te corres, me corro, y así durante toda la noche en un círculo de
fuego rojo cuyo único fin es que no quepa nada más, sólido ni líquido, con lo
que rellenar tu femineidad.


Hermoso...sin mas...
ResponderEliminarGracias, me alegro que te guste.
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