Cualquiera que haya leído la narrativa de Pynchon, DeLillo, Foster Wallace
o Roth, entre otros, se habrá dado cuenta que todos ellos comparten algo más
que el oficio de escritor. Sus textos parecen arrancar de puntos de partida similares
y por caminos relativamente parecidos, llegar a las mismas conclusiones. Esa
situación es lo que un crítico literario consideraría una pepita de oro en un
río atestado de barro, agua y piedras. Es decir, una corriente literaria nueva.
Eso, al menos, debió pensar allá por 2009 el crítico James Wood al sacarse de
la manga con mucha sorna el término “realismo histérico” cuando trataba de calificar
la novela “Dientes blancos” de Zadie Smith, en su libro Los mecanismos de la ficción (Ed. Gredos, 2009).
Si tratamos de tomar como punto de partida que el realismo histérico es
algún tipo de realismo formal, convendremos que esta afirmación es, cuanto
menos, arriesgada. En la práctica, parece ser una tendencia afluente del postmodernismo
y sus características mucho más que surgir de ningún tipo de realismo. De ahí,
quizás, lo de “histérico”. Si bien comparten alguna característica común con la
estética realista clásica, aquel parece una adaptación sacada de madre y Made in America del posmodernismo
literario.
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| Don de Lillo |
Todos estos hechos son los que la cultura, en los últimos cincuenta años ha
tratado de digerir y darles una respuesta creativa. Surgieron movimientos que
alternaron en el tiempo sentimiento y razón, optimismo y desazón, fantasía y
realidad. El realismo, el naturalismo, el expresionismo, el existencialismo, y
por último, el postmodernismo fueron las consecuencias intelectuales de tan
errático siglo.
Dentro del marco de actuación norteamericano al que el realismo histérico se
ciñe casi en exclusiva, ésta refleja el desencanto con la sociedad en general a
partir de los años cincuenta. Este desencanto fue gestado en la supresión más o
menos escandalosa de derechos y libertades civiles en muchas partes del primer
mundo. Como respuesta a la sensación de fracaso del hombre ante sus
instituciones sociales, el individualismo se situó en el centro de la
importancia y generó la búsqueda principal del progreso individual, no
colectivo. Estados Unidos salió bautizado de la Segunda Guerra Mundial como
líder del mundo y su economía basada en el capitalismo brutalmente orientado al
consumo, ha venido promoviendo que las verdades sean inciertas e
intercambiables y que el objetivo final sea la obtención de placer inmediato y
fácil, de manera que, al fin, todo sea fácilmente reemplazable, incluso las
personas.
Los medios de comunicación en masa adoptaron más que nunca su posición de
poder, convirtiéndose en el cuarto poder de las democracias. Esto les ha otorgado
la capacidad de facto de generar, juzgar y administrar los contenidos
transmitidos según criterios en los que no prima la veracidad o conveniencia
ética del mensaje, sino el medio y el grado de convicción que es capaz de
generar mediante el uso de conceptos tan bizarros como el de los factoides, haciendo más vigente que
nunca una de las máximas de la propaganda del nazi Goebbels, el principio de la
orquestación (repite un millón de veces una
mentira para que se acabe haciendo verdad). El caso es que hoy más que
nunca, para ser plenamente consciente de esta realidad, no hace falta más que
encender el televisor y dar un paseo de unos minutos por la espléndida parrilla
de programación con la que somos obsequiados a diario.
La combinación de individualismo, hedonismo y superficialidad han promocionado
durante todos estos años un culto desproporcionado a la imagen, en
contraposición al cultivo interior de las personas. Éstas sólo quieren vivir el
presente, la sociedad es más relativista que nunca y sólo importa la
satisfacción de necesidades individuales e inmediatas, aplaudiendo como
vehículos de satisfacción de estas necesidades el culto a la tecnología y el
vivir rápido, todo lo rápido que tus recursos te permitan. La pérdida de fe en
la justicia, desaparición de los idealismos y pérdida del objetivo de auto superación
personal como vía para el éxito y reemplazo por la cultura del éxito rápido y
fácil han generado corrientes muy peculiares y dañinas de negación personal
ante los problemas de la sociedad, tendencias que no dejan de ser una estrambótica
derivación nihilista de la realidad.
Para terminar, si aún algún haz de culpa pudiera caer, despistado, sobre
nosotros, la sociedad posmoderna ha creado toda una categoría de teorías de la
conspiración, las cuales tratan de explicar los grandes problemas de la
sociedad de una manera cómoda y sin profundidad, actuando como grandes chivos
expiatorios.
El realismo histérico- Una corriente
literaria nueva.
Como ya he comentado al principio de este artículo, todos los escritores
mencionados comparten algo más allá de la profesión. Todos ellos, en mayor o
menor medida siguen en su escritura una serie de rasgos definitorios propios
que los han hecho merecedores de formar, por lo menos ante los ojos de puñado
creciente de críticos literarios, una corriente literaria nueva. Las bases
comunes en las que se asientan son:
Velocidad y
extensión.
El Realismo Histérico busca captar el movimiento perpetuo, no parar de
contar cualquier historia, subhistoria o intrahistoria que pueda o no ser
relevante bajo un punto de vista narrativo en un bucle de proporciones
grandiosas. Es un movimiento de corte básicamente norteamericano, cuyos
formantes parecen perseguir lo que Walt Whitman consideraba “El Gran Poema
Americano”, es decir, un texto con características metanarrativas que fuera, en
sí, tan grande en extensión casi como los Estados Unidos. Por lo tanto, los
escritores del realismo histérico buscan el mirlo de oro en la redacción de una
novela generalmente enorme en extensión, que incluya variedad de subhistorias
adyacentes y en la que se traten los problemas estructurales de la sociedad
americana y sus posibles soluciones. Para ello se sirven de un desparrame
histérico de energía en la narración.
Tratamiento de
la angustia existencial
Es particularmente distintivo en el realismo
histérico el tratamiento de la
palpable sensación de deshumanización. Tanto Foster Wallace, como Pynchon,
Palahniuk, Roth y otros dejan de prestar atención a las condiciones internas de
las personas para intentar dibujar un enorme mural en el que salga reflejada la
mayor porción posible de la realidad. Esa es su contribución al realismo
clásico.
El enfoque de estos autores lleva a las tramas de sus libros al tratamiento
de los males presentes en la sociedad americana:
-Las adicciones, los excesos.
-El malestar ante la sociedad capitalista salvaje.
-Relación del hombre con la tecnología.
-El sexo como objeto de placer.
-Agresividad autodestructiva como respuesta a los problemas de la sociedad
(ficción transgresiva, según Palahniuk)
-Reflexión sobre la cultura popular (sobre todo la urbana).
-Descentramiento de la autoridad intelectual y científica (mediante el uso
de las redes sociales e internet como instrumento revolucionario).
Ahora bien, toda la narrativa realista leída procede de escritores
norteamericanos, y por tanto, todos ellos hablan de cuál es la realidad social
de ese país. No hay referencias de ningún tipo a la realidad europea ni a sus
posibles y complejas soluciones. Como escritor, y más aún, como lector, el
lienzo que pintan ahonda en la sensación de hartazgo de los valores
preponderantes en la cultura norteamericana, puesto que son inherentemente
distintos a la europea. Europa, como ente propio, tiene una realidad muy
compleja y diferenciada de la norteamericana. Los problemas de allí no son los
de aquí. Las soluciones, por lo tanto, tampoco. Y pretender utilizar las mismas
píldoras para sanar a los dos enfermos es pretender andar cómodo con un zapato
de la talla 42 y otro de la 37.
Técnicas
narrativas.
Esta corriente, que en la realidad está más cercana al postmodernismo que
al realismo, propone la hibridación de estilos y formatos, la fusión del
espacio y el tiempo narrativo, así como la percepción difusa de la realidad.
Esto, ayudado por la fusión de estilos narrativos y géneros (novela, ensayo,
cómic, guión…) han provocado la abolición de las técnicas clásicas de
narración, sustituidas por la libertad absoluta en estilo, forma y fondo en la
que realidad y ficción comparten el mismo espacio. Esto, por supuesto, choca
frontalmente con el realismo, al menos en su versión más clásica del término.
Propone una nueva configuración y nuevo tratamiento del autor, el narrador,
los personajes y las tramas literarias. Utiliza, a nivel macroestructural, la
metanarrativa, la recursividad, el pastiche, la parodia y la apropiación. A
nivel microestructural, utiliza la metáfora literal, la alegoría, la polifonía
y la especialización, así como el estilo indirecto libre. Utilizan en la
mayoría de los casos un humor mordaz, punzante, como instrumento vehicular de
sus quejas acerca de la sociedad.
Conclusión.
A pesar de utilizar el nombre de pila del “realismo”, esta corriente se
encuentra algo lejos de las posturas realistas, al menos como las entendían los
escritores que dieron vida a esta tendencia a mediados del siglo XIX. La corriente se inserta más dentro de la
convención postmodernista de la literatura que del mero realismo formal, y
viene a coincidir con esta tendencia únicamente en su intento por plasmar la
realidad de la sociedad que les rodea. Con todo y eso, la corriente maximalista
(que es otra forma de denominar al realismo histérico) busca suplir las
carencias del modernismo literario prescindiendo por completo de las formas
preconcebidas y los estilos encorsetados. Por el contrario, busca la
flexibilidad formal, el uso de técnicas de hibridación, la superposición de
tramas narrativas y el amontonamiento de información, a veces incluso hasta el hartazgo.
Como movimiento, supone un intento de plasmar el descontento social de
manera creativa. Pero las valoraciones de sus escritores están basadas en la
realidad social de los Estados Unidos. En próximos años habrá que comprobar si
la tendencia ha conseguido cruzar el charco, y con sus adaptaciones
pertinentes, es capaz de explicarnos a los europeos, el por qué de tanta
miseria actual.
Artículo de Robert Fornes, publicado en Granite & Rainbow #17.




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