Apagas el motor y quitas la llave del contacto. Abres la puerta del coche. Has conseguido- cosa rara- aparcar en una calle sin zona de pago. Te regocijas pensando en los seis euros que te acabas de ahorrar. Un maromo negro te está esperando fuera, con fingida pose de distracción. Curiosa su manera de indicarte la maniobra, dando brazadas como si señalizara el aparcamiento a un avión. Sales del vehículo, el negro te mira. Te lanza la pregunta al aire, llenando el escaso metro y medio que os separa. Has pillado el mensaje. Pero no tienes intención de darle un puñetero céntimo. No ha hecho nada que lo merezca. Accionas el mando a distancia para bloquear el cierre centralizado, te ajustas la cremallera de la chaqueta y comienzas a andar, lejos de él. Tu mano derecha encuentra un par de monedas gruesas en el bolsillo del pantalón. Son de un euro. Las manoseas; están tibias al tacto. Jugueteas con ellas, entretienen tus dedos mientras avanzas con paso rápido en dirección al semáforo.
La calle está plagada de otros gorrillas como él. Tú a un lado; ellos al otro. La estampa parece sacada de una de esas películas de zombis en las que, en tu condición de protagonista, formas parte del menú del día. Te miran con recelo al pasar por delante de ellos. Seguro que intuyen tu negativa a su compañero de fatigas. Ese, cuyas inestimables indicaciones te han librado de comerte el bordillo con el guardabarros del coche. Cruzas la calle, lejos del horror caníbal.
En la esquina opuesta ves a un tipo andrajoso sentado sobre una caja de cartón desplegada. Un mendigo. Tiene los dos brazos amputados. Lleva calado un cigarrito rubio en uno de los pliegues que conforman el muñón y sostiene entre sus piernas escuálidas un platillo con unas cuantas monedas dejadas caer.
Según te acercas, levanta la vista y te habla, suave: -La voluntad, Señor-
Tú rehuyes su mirada. Mueves la cabeza de lado a lado, con lentitud. Le niegas las dos monedas con las que tus dedos siguen entreteniéndose dentro del bolsillo derecho. La situación te hace sentir sucio, culpable en régimen subsidiario, así que pasas de largo rapidito mientras tratas de convencerte que sea lo que sea lo que le haya pasado a ese pobre desgraciado, culpa tuya no es.
Ha pasado un buen rato, y no puedes sacudirte de encima la imagen del pordiosero. Sabes que esas monedas acabarán pagando cualquier capricho superfluo. Intentas convencerte de que tu mujer, tu jefe, tu hermana o el conductor del taxi que acaba de mentar a tu madre habrían hecho lo mismo que tú.
Pero no hay forma de saberlo. A ellos les salva el beneficio de la duda. A ti no, puesto que ya sabías lo que eres y hoy lo has comprobado de nuevo. Un macaco insolidario; un estúpido sin humanidad.


QUE TRISTEZA!CUANTOS DE NOSOTROS EN ALGUNA OCASION NO NOS HEMOS ENCONTRADO EN SITUACION SIMILAR?Y CUANDO YA HEMOS AVANZADO UNOS PASOS DEJANDOLO ATRAS NO NOS HEMOS ARREPENTIDO PERO NO HEMOS DADO MARCHA ATRAS?ES DOLOROSO Y CREO QUE ES NECESARIO RECORDARLO Y QUE SE NOS RECUERDE...DESDE QUE EL RECUERDO ME ALCANZA,AL ACOSTARME CADA NOCHE,AL ABRIR LOS OJOS CADA MAÑANA,SOLO PIDO UNA COSA:HUMILDAD..SOLO DESDE LO MAS PEQUEÑO DESDE LO HUMILDE,ABRIMOS LOS OJOS Y SOMOS CAPACES DE SER HUMANOS Y SENSIBLES...ME ENCANTAN TUS MONEDAS ROBERT Y ESPERO QUE ELLAS ME RECUERDEN,LO POCO QUE SON PARA ALGUNOS,Y EL BIEN QUE PUEDEN HACER A OTROS
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